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Apenas abulta



Apenas abulta.
Sólo pasean sus rizos
de trigal de principito
levantando su mano que no alcanza
hasta mí,
y me duele ya sólo cogerle sus deditos
y mantenerle su mirada necesaria
de saber cosas conmigo.

Le gusta ir a por cuentos con colores
y me coloca las piernas abiertas
para meterse dentro y señalarme
aquello que quiere que nombre.

Me provoca también
para que le dé mordiscos tiernos
(en el brazo)
y él se ría de mi pelo ausente o presente
según marchen las normas del afeitado.

Le rasga mi cara pero jamás se aparta.
Se me junta y aprieta con la otra mano
para que ni un trozo de mí se le escape.

Corre al verme.
Hacia mí o en mi contra,
según precise calor o juego.
Cada noche quiere bañarse conmigo
y echa agua fuera de la bañera
con su hipopótamo verde
mientras
con su manita restriega gel en mis hombros.

Le gusta asustarme pero no que me asuste
y pasa su mano tibia por mi cara
para consolarme
y su caricia tiene la consistencia
de un copo de nieve.

No sabe parar de jugar
Ni tengo pensado enseñárselo.
Prefiero que llore cuando
le aparto de sus juegos
antes de que entienda
ese concepto
(tan cercano a nosotros)
que es la renuncia a las cosas que queremos.

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bebé y mar


El bebé mira el mar con ojos sin negro.
Es la primera vez y se asusta.
No por la grande. No por lo incontable.
No se encoge por frío en los adentros.
El bebé se asusta por oír un ruido
que viene de todas partes a la vez.
Un ruido sin dueño.
El bebé no sabe adónde mirar despacio.
Porque el bebé sólo sabe mirar despacio.
Levanta las manitas como pidiendo cosas
que tal vez el mar entienda.
Y las olas pellizcan un poco sus dedos.
Bebé abre la boca para decirle “ghé” al mar.
Y luego, con su cuello que apenas sostiene,
balancea su cabeza nueva.
Es toda una declaración.
Su primer mar. Enterito. Para él.
Unas manos le sujetan y susurran palabras terciopelo.
Y el bebé cierra un poco los ojos.
Ya está más tranquilo.
Se deja arropar por ese sonido selva que rodea el cuerpo.

Finalmente llora.
Y aquel que le sujeta duda,
si las lágrimas vienen del siempre sencillo frío
o de la certeza de recibir
el primer beso de la Dama Belleza.