0 comentarios

Apenas abulta



Apenas abulta.
Sólo pasean sus rizos
de trigal de principito
levantando su mano que no alcanza
hasta mí,
y me duele ya sólo cogerle sus deditos
y mantenerle su mirada necesaria
de saber cosas conmigo.

Le gusta ir a por cuentos con colores
y me coloca las piernas abiertas
para meterse dentro y señalarme
aquello que quiere que nombre.

Me provoca también
para que le dé mordiscos tiernos
(en el brazo)
y él se ría de mi pelo ausente o presente
según marchen las normas del afeitado.

Le rasga mi cara pero jamás se aparta.
Se me junta y aprieta con la otra mano
para que ni un trozo de mí se le escape.

Corre al verme.
Hacia mí o en mi contra,
según precise calor o juego.
Cada noche quiere bañarse conmigo
y echa agua fuera de la bañera
con su hipopótamo verde
mientras
con su manita restriega gel en mis hombros.

Le gusta asustarme pero no que me asuste
y pasa su mano tibia por mi cara
para consolarme
y su caricia tiene la consistencia
de un copo de nieve.

No sabe parar de jugar
Ni tengo pensado enseñárselo.
Prefiero que llore cuando
le aparto de sus juegos
antes de que entienda
ese concepto
(tan cercano a nosotros)
que es la renuncia a las cosas que queremos.

0 comentarios

bebé y mar


El bebé mira el mar con ojos sin negro.
Es la primera vez y se asusta.
No por la grande. No por lo incontable.
No se encoge por frío en los adentros.
El bebé se asusta por oír un ruido
que viene de todas partes a la vez.
Un ruido sin dueño.
El bebé no sabe adónde mirar despacio.
Porque el bebé sólo sabe mirar despacio.
Levanta las manitas como pidiendo cosas
que tal vez el mar entienda.
Y las olas pellizcan un poco sus dedos.
Bebé abre la boca para decirle “ghé” al mar.
Y luego, con su cuello que apenas sostiene,
balancea su cabeza nueva.
Es toda una declaración.
Su primer mar. Enterito. Para él.
Unas manos le sujetan y susurran palabras terciopelo.
Y el bebé cierra un poco los ojos.
Ya está más tranquilo.
Se deja arropar por ese sonido selva que rodea el cuerpo.

Finalmente llora.
Y aquel que le sujeta duda,
si las lágrimas vienen del siempre sencillo frío
o de la certeza de recibir
el primer beso de la Dama Belleza.

3 comentarios

Lo frío de la sabana


Ni con los análisis.
Ni con las ecografías.
Ni tan siquiera cuando te enchufan por primera vez los altavoces y escuchas su corazón galopando a ritmo impensable, consigues entenderlo.
Luego vienen los cursos, las monitorizaciones, el hospital… todo rodeado de una especie de filtro que le cambia los colores, como en el cine americano.
Todo te parece muy verde.
Muy azul.
Vas coleccionando los lugares comunes que luego narrarás.
“Justo me crucé con una pareja de ancianos que lloraban, lo que es la vida…”
Pero la esencia, no la entiendes.

Y al rato, te dicen que enhorabuena, que todo cambió.
Y la ves, y le ves, y te pasa como cuando estás tan cansado que no puedes dormir.
Tan emocionado que no te puedes emocionar.
Le pones el meñique y lo agarra, y dices: “Ya está. Ya no me suelta”.
Y se te queda ahí agarrándote por dentro con su manita inconcebible.
Y le das un beso a ella.
Y todos actuamos como nos toca actuar en esta ceremonia del nacimiento.
Las pequeñas lágrimas que te toca mostrar.
Los nervios que se te caen por el doblez del pantalón.
Las muescas de la puerta por la que se la llevaron sabidas de memoria.

Pero ni siquiera cuando tus padres te hablan de ser padres, entiendes nada.

Y no lo haces hasta que, bien llegada la noche, cuando todos se han ido y estás a solas con ellos, les miras y les ves aprendiendo a ser dos, en lugar de uno.

Tú te quedas fuera mirando, como uno de esos ángeles de El cielo sobre Berlín, ayudando, haciendo la vida más fácil, soplando bellezas, pero fuera, al fin y al cabo…

Y la ves a ella, débil por el día irrepetible pero luchando por no dormirse, por aferrarse a la consciencia de tenerle cerca, con la cara vuelta hacia la cuna, con los ojos cabizbajos arrasados de sueño.
Y le ves a él, con apenas medio día de estar en este mundo, con la cara vuelta hacia el olor de ella, agotado de nacer pero luchando por no dormirse porque ya no siente su latido rodeándole.

Yo apago la luz.
El niño rompe a llorar.
Ella le susurra algo.
Se calma un poco pero poco.
Ella rompe a llorar.
Le susurro mimos.
Se calma un poco pero poco.
Yo rompo a llorar.

Ahora sí, lo entiendo.
Nada de lo que se puede decir podrá calmarnos.
Les tomo de la mano y los tres nos quedamos llorando bajito, acariciándonos el pelaje como animales huérfanos, asustados por lo frío de la sabana…